Vice Versa: ¿A qué huele? ¡A vida!


El camino hacia un medio ambiente más sano comienza con los grupos de mujeres locales—y viceversa—como lo demuestra el oasis ecológico de la Fundación Entre Mujeres (FEM) en Nicaragua. El bosque análogo de alimentos restaura la tierra y otorga a las mujeres en áreas rurales control sobre sus cuerpos, vidas y economía.  “La naturaleza nos da poder en nuestras parcelas para que seamos como los árboles fuertes que se ven desde el aire”.

Haz de cuenta que no hay coronavirus y tomas un avión que vuela sobre el istmo tropical que conecta Norteamérica y América del Sur. Desde el aire, puedes ver una franja de tierra seca que se extiende desde el sur de México hasta Panamá, pasando por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Este es el Corredor Seco. Aquí, El Niño provoca una combinación compleja de sequías extremas y lluvias.

En 2018, por ejemplo, en Centroamérica se perdió aproximadamente el 70 por ciento de la primera cosecha de les agricultores autónomes debido a la falta de lluvias. La mitad de la segunda cosecha, en cambio, se perdió a causa de las lluvias excesivas. Según las Naciones Unidas, el cambio climático es responsable de que 1.4 millones de agricultores en Centroamérica ya no puedan vivir de sus propias tierras.

Estos impactos son distintos para hombres y mujeres. Las mujeres tienen que caminar por mucho tiempo para recoger agua, no pueden preparar suficiente comida para sus familias, a menudo dependen económicamente de sus maridos y no pueden tomar decisiones sobre las tierras porque no les pertenecen. Esta realidad las vulnera y las vuelve dependientes.

Mientras el avión sobrevuela la frontera entre Honduras y las altas montañas del norte de Nicaragua, observas lo que solía ser suelo volcánico fértil, pero que se ha marchitado y agotado tras décadas de monocultivo—principalmente de tabaco y de maíz. Además, los pesticidas han contaminado el aire y el agua.

Pero a medida que el avión desciende, cerca del departamento de Estelí, empiezas a ver extensas áreas boscosas en la distancia que brotan del suelo como hongos verdes. Una mujer valiente con cabello negro azabache te saluda desde el suelo con una sonrisa. Ella te hace un gesto para que aterrices; quiere mostrarte algo. Luego, te dice que su nombre es Luz Marina Valle y es una campesina feminista de 32 años.

Aunque las mujeres deberían tener el mismo derecho a la propiedad que los hombres, a nivel mundial administran menos del 20 por ciento de las tierras. La tenencia de la tierra es un componente importante para llevar una vida digna ya que proporciona autonomía económica, soberania alimentaria y un escudo protector para mujeres como Luz Marina, que saben lo que pasa cuando cuidan de la tierra.

Luz Marina te toma de la mano y camina hacia su oasis verde. Te dice que, en Nicaragua, no es tan común que las mujeres tengan tierras. “Eso era cierto para mi bisabuela, mi abuela y mi madre, pero yo, al igual que otras cuatrocientas mujeres, recibí un terreno en el 2006 de la Fundación Entre Mujeres (FEM), un movimiento de mujeres y  organización de la región. ¡Estoy muy orgullosa!”

Crédito: FEM
Las socias

La organización local de mujeres Fundación entre Mujeres (FEM) cuenta con el apoyo del Fondo Centroamericano de Mujeres (FCAM), la organización que lidera la Alianza Global para la Acción Verde y de Género (GAGGA), que también tiene por socias a BothENDS y Mama Cash.

En mayo se anunció que GAGGA había sido reelegida como una de las posibles aliadas estratégicas del Ministerio de Asuntos Exteriores holandés para el período 2021–2025. Uno de los objetivos de GAGGA es fortalecer la conexión entre los derechos de las mujeres y la justicia ambiental, por lo que ha unido esfuerzos con la Red Internacional de Forestería Análoga (RIFA).

 

La Fundación entre Mujeres, quiere mejorar las condiciones de mujeres rurales como Valle al apoyarlas para que ejerzan sus derechos a la tierra y a la soberanía alimentaria y para que se organicen en cooperativas que les permitan actuar como una fuerza colectiva. A través de talleres y encuentros, las mujeres aprenden sobre feminismo, derechos sexuales y reproductivos y sobre cómo cuidarse unas a otras y mantenerse seguras. —los femicidios son un gran problema en Nicaragua.

Las mujeres también amplían sus conocimientos y fortalecen sus capacidades para hacer oír su voz en los espacios que comparten con autoridades locales para que, a nivel de gobernanza, no se hable en su nombre, sino que ellas representen sus propios intereses. Algunas de estas mujeres rurales integran  la Central de Cooperativas Las Diosas, que las apoya en el cultivo y comercio de café orgánico, miel y flor de Jamaica. ¿Y la vicepresidenta? Es Luz Marina Valle.

“El hecho de que soy yo la que administra la tierra ahora me hace sentir que se ha roto un sistema de desigualdad que existía desde hace siglos. Ahora puedo cultivar mi propia comida. No según la mentalidad colonial, que implica la explotación y el desgaste de la tierra, sino de una forma espiritual y ecológica. Puedo restaurar la conexión histórica que las mujeres indígenas tenemos con la tierra—su salud también es mía”.

A medida que la tierra de Valle florece en su máximo esplendor, ella también recupera el control sobre su propio cuerpo y de su vida, dado que ahora tiene autonomía financiera, suficiente comida saludable y un fuerte lazo de solidaridad con las otras mujeres afiliadas a FEM.

“Mi terreno no es tan grande, 3,656 metros cuadrados, pero vení; te lo voy a enseñar”. Luz Marina camina enérgicamente a través de un laberinto multidimensional con cien tonalidades de verde. “Bienvenida a mi ecosistema verde. Cerrá los ojos y respirá hondo por la nariz. ¿A qué huele? ¡A vida! ¿Escuchás el agua salpicando más allá? Acá me siento conectada con la tierra”.

Hay partes de las tierras de Valle que son abrazadas amorosamente por árboles gigantes de caoba que brindan sombra y humedad. Las mariposas revolotean. El suelo está cubierto de plantas más pequeñas y hierbas con raíces profundas que suministran nitrógeno al suelo y lo mantienen fértil y saludable.

El bambú se planta cerca del arroyo porque sus raíces amarran el suelo y lo protegen. Varias frutas, verduras y otros comestibles, incluidos el maíz, la calabaza, la flor de Jamaica y los frijoles, crecen cerca de la pradera y de los plátanos. Los pájaros cantan. Valle muestra varias frutas típicas de Nicaragua como la guayaba y el blanco y dulce tigüilote.

Las plantas frutales y las hierbas enriquecen el suelo con nitrógeno, lo que lo hace más fértil. Las abejas zumban felices. Los árboles, con sus copas frondosas, rompen el viento y previenen la erosión. Luz Marina Valle, con su camiseta de algodón y jeans, resplandece.

Tras muchísimo esfuerzo colectivo de las mujeres de FEM, este sistema agroecológico con perspectiva feminista se vuelve cada vez más autosuficiente. Al aplicar la forestería análoga, el suelo recobra su salud y aumenta la biodiversidad.

Crédito: FEM
Las ventajas

Los bosques son una de las soluciones más simples e importantes para contrarrestar los efectos del cambio climático. Los árboles absorben aproximadamente 2,600 millones de toneladas de dióxido de carbono por año (aproximadamente un tercio del CO2 proveniente de los combustibles fósiles). Varios estudios han demostrado que se pueden restaurar casi 2,000 millones de acres de tierra degradada, un área del tamaño de América del Sur. (Fuente: Naciones Unidas)

 

“La belleza de la forestería análoga es que imita un bosque en su estado natural”, dice Isabel McDonald, directora de RIFA, que es apoyada por BothENDS, desde su oficina en San José, Costa Rica. La colaboración entre la FEM y RIFA es un ejemplo de polinización cruzada entre asuntos medioambientales y de derechos de las mujeres. La idea es: si las mujeres tienen el conocimiento para restaurar las tierras degradadas, tanto ellas como la naturaleza florecerán.

“La forestería análoga”, dice McDonald, “utiliza un modelo de 12 pasos que cualquier persona puede implementar. Es un arma poderosa contra el cambio climático porque previene la deforestación, restaura los suelos y aumenta la biodiversidad”.

McDonald, quien nació en Haití y viajó con su familia por Sudamérica, ahora vive en Costa Rica. Su padre amaba los árboles, una pasión que le heredó a su hija. En la década de los 80s, ya participaba en proyectos de reforestación en Nicaragua y luego se involucró en la forestería análoga. Trabajar para RIFA es “un sueño”, dice. RIFA ha invertido en centros de capacitación y ahora trabaja con 40 instructores que imparten talleres de forestería análoga a grupos de mujeres—tales como la FEM—en todo el mundo.

McDonald explica el método: “El procedimiento con los bosques análogos es: primero se busca un bosque natural que se asemeje lo más posible al área de tierra que se desea transformar. En el bosque, se mapean todas sus capas, desde las copas de los árboles más altos hasta las raíces. En 12 pasos investigas los diferentes tipos de cobertura y las etapas de crecimiento del bosque. Luego lo imitas en la parcela de tierra que quieres transformar”.

Las ideas

La Alianza Global para la Acción Verde y de Género (GAGGA) vincula las fuerzas de los movimientos medioambientales y de los derechos de las mujeres para crear un mundo donde las mujeres puedan ejercer su derecho al agua, a la seguridad alimentaria y a un medio ambiente limpio, saludable y seguro.

 

La técnica de la forestería análoga está dirigida específicamente a las comunidades que viven en el área que se está restaurando y tiene en cuenta sus aportes y necesidades. Luz Marina Valle y su grupo de mujeres ahora tienen comida suficiente, una fuente de ingresos, forraje para su ganado y hierbas y medicamentos. La combinación de su visión espiritual de la naturaleza y el enfoque de género que ha desarrollado con la FEM ha llevado a Valle a identificarse orgullosamente como una campesina feminista.

Según ella, esa revolución verde que una vez plantó en su parcela ahora es crucial para restaurar el vínculo entre las mujeres y la tierra. “Las mujeres dan vida, como la Madre Tierra. Si la tierra está sana, entonces nosotras también estamos sanas espiritual, física y mentalmente”.

Valle entiende la “agricultura feminista y anticolonial”, como ella la llama, como una forma de echarle sal en las heridas al devastador sistema capitalista. “Ser ambientalmente responsables con nuestra naturaleza”, dice, “crea más igualdad de género y justicia económica. De hecho, nos estamos rebelando contra un sistema materialista de explotación y construyendo un sistema basado en el respeto y la armonía”.

Luz Marina Valle aprendió sobre el manejo de bosques análogos de Adriana Pál, quien trabaja con RIFA. En San José, sentada en una mecedora en su patio trasero, que parece una jungla con enredaderas, habla apasionadamente sobre su amor por los bosques.

“Al comienzo de cada curso”, dice Pál, “les digo siempre a las mujeres: ‘Después de esto, nunca van a ver un árbol con los mismos ojos’. ¡Y esa predicción siempre se hace realidad!” dice entre risas. “La gente mira un árbol y ve madera que se puede vender, pero una vez que metes la leña muerta en las llamas, desaparece”. Sin embargo, “un árbol proporciona aire, sombra, alimento, suelo fértil, frescor y protección—a veces durante cientos de años. Los árboles son tan imponentes y resistentes que les puede caer un rayo y siguen en pie”. A la edad de tres años, Pál ya dibujaba árboles constantemente y ahora repite esa experiencia con su hijo de tres años.

El declive

La deforestación en Nicaragua avanza a pasos agigantados: cada año desaparecen 70,000 hectáreas de bosque para dar paso a la agricultura y ganadería intensivas. A este ritmo, los 3.25 millones de hectáreas de bosque que aún están en pie desaparecerán de la faz de la Tierra en 50 años. (Fuente: Naciones Unidas).

 

El contacto con Valle fue inspirador para Pál. “¡Es realmente una fuerza de la naturaleza! Cuando pienso en ella, pienso en la ceiba—el árbol sagrado maya que puede crecer hasta una altura de setenta metros. Para los pueblos mayas prehispánicos era un símbolo del universo, un símbolo de fuerza”.

Pál y Valle tenían planeado reunirse este verano en El Salvador, donde algunas mujeres seleccionadas para promover el modelo forestal análogo.  Iban a fortalecer sus capacidades para luego transmitir estas lecciones a otras mujeres de sus comunidades, pero debido al COVID-19, las clases ahora se imparten en línea.

Sin embargo, Isabel McDonald, Adriana Pál y Luz Marina Valle no se dejan desanimar por el coronavirus. Por el contrario, se siente un ambiente más dinámico. Según McDonald: “Ves a personas en todo el mundo que quieren cultivar sus propios alimentos saludables. A las mujeres a menudo se le niega el derecho a la  soberania alimentaria, al agua y a un ambiente limpio y seguro. La posibilidad de ejercer estos derechos se vuelve más real cuando se priorizan en la restauración ecológica”.

Luz Marina Valle agrega: “Las campesinas feministas queremos rehabilitar los pulmones de la Tierra. Sabemos que necesitamos la naturaleza para sobrevivir, y no al revés. Ella nos da poder en nuestras parcelas para que seamos como los árboles fuertes que se ven desde el aire”.


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